sábado, 24 de septiembre de 2011

DEMOLICIÓN EN MOVIMIENTO 2012



« TIEMPO DE LOS RUNAS»/ « TIEMPO DE LOS DIOSES»
Pachakutik una cosmogonía andina de cambio social


Por Diego Velasco Andrade

Las sociedades humanas han buscado describir los cambios climáticos cíclicos que las han afectado periódicamente, condicionando así su reproducción social. Los calendarios “astrológicos”, los calendarios agrícolas y los anuales de carácter ritual, con las festividades asociadas a ellos, -en su simbiosis, variedad y diversidad actual-, constituyen algunas de las respuestas a esta experiencia fundamental de permanencia contemporánea de las culturas primordiales, en especial de las andinas, a pesar de los embates de la mitología judeo-cristiana, llamada eufemísticamente “occidental”.

En este texto, hablaremos de la visión andina ancestral del tiempo a dos niveles: sobre el tiempo de “corto plazo”, es decir del tiempo “tiempo de los runas” o de los seres humanos, condicionado por los movimientos anuales y fundamentales del planeta Tierra alrededor del sol (rotación y traslación) y, en segundo lugar del “tiempo a largo plazo”, del tiempo mítico, es decir del tiempo cosmogónico o “tiempo sagrado”, de las eras o “edades” de las civilizaciones.


El tiempo como cosmología

"El movimiento del universo es no solamente de rotación pero también de alternancia y de oposición de contrarios ; frío al norte, caliente al sur, juventud al este vejez al oeste, de suerte que las partes del universo responden a cualidades al mismo tiempo que a situaciones, a partir de ese punto la clave del universo deviene en manos del hombre”

Leroi-Gourhan
La mémoire et le rythme




Para los pueblos ancestrales, el cielo revela la trascendencia, lo inaccesible, la eternidad y la regularidad de los ciclos cósmicos o incluso la oposición y la complementariedad entre los mundos: “humano y divino”, “norte y sur”, “frío o cálido”, “sagrado o profano”, “del norte y del sur”. No obstante, para los pueblos primordiales, el tiempo de los seres humanos y el de los dioses, no puede jamás constituir algo “homogéneo” o “lineal”, sino más bien un continum en cíclico movimiento.

En efecto, la duración temporal cotidiana y ordinaria que utilizamos actualmente para guiarnos en el tiempo o para sentir el paso del tiempo en nosotros o, la posibilidad de registrarlo en “horas” o en “minutos”, como lo hacemos ahora, no tiene ninguna relación con « el tiempo mítico primordial ». Si hay intervalos para un “tiempo sagrado”, es decir para un tiempo de fiestas periódicas trascendentes y de otra parte para un “tiempo profano”: aquel de la duración temporal ordinaria en la cual se inscriben los actos desprovistos de significación, y que solamente se vuelve significante gracias a la conciencia de un logos en el tiempo cíclico del cosmos (Cosmología).

Para Mircea Eliade (Le Sacré et le Profane, 1965), el tiempo sagrado es por su naturaleza misma reversible; es un tiempo primordial actualizado permanentemente a través de los mitos y de los ritos. Así, toda fiesta religiosa, todo tiempo cósmico consiste en la re-actualización de un evento que ha tenido lugar en un “tiempo sin tiempo”; es decir, en un tiempo mítico primordial. De esta manera, el tiempo sagrado deviene una suerte de combustión primaria y de purificación ritual de los pueblos ancestrales, representando “el eterno retorno” al “principio de los tiempos”, o a la instauración de un orden atemporal: aquel del Cosmos en el Caos, es decir de la destrucción y del renacimiento cíclico y periódico de todas las civilizaciones.

Según el mismo Eliade, para las sociedades de tradición milenaria, participar “religiosamente” en una fiesta implicaba salir de la duración temporal y ordinaria de los seres humanos, para reintegrarse al tiempo mítico de sus ancestros y de las divinidades; un tiempo re-actualizado tanto por la fiesta misma, que por las ceremonias y los ritos concomitantes. En esta dirección, para las culturas andinas en tanto culturas ancestrales, contar con un calendario agrícola y ritual para celebrar sus fiestas, constituye la prueba de la certeza de sus conocimientos astronómicos y la capacidad de re-actualizar el tiempo cíclico sagrado, permitiéndoles la restauración del tiempo primordial, en su tiempo espacio cotidiano de reproducción social y cultural.

De otra parte, la celebración anual de fiestas periódicas les permitía a los andinos el “religare” del tiempo a corto plazo o tiempo de los seres humanos, -representado por el día y por la noche-, con el “tiempo sagrado” o “tiempo de los dioses”, es decir con el tiempo a largo plazo, aquel de las Eras o de las Edades cíclicas calculadas por cada civilización en base a parámetros astronómicos y registradas en sus macro y micro calendarios y, luego cifrado de manera poética y simbólica en sus mitos y cosmogonías.

El tiempo del corto plazo, el tiempo de los runas o de los seres humanos



Sabemos bien que el día y la noche son el resultado del movimiento de rotación del planeta y, que comporta aproximadamente veinte y cuatro horas, para efectuar una vuelta completa sobre su eje de rotación, a aquello llamamos “un día”. De manera complementaria, las diferentes estaciones son la consecuencia directa de su movimiento de traslación elíptica anual de La Tierra (Allpa Mama), alrededor del sol (1).

Sin pertenecer a la tradición de la llamada “cultura occidental” (2), de base judeo- cristiana, los Incas o “hijos del sol”, heredaron la complejidad de los calendarios de las civilizaciones clásicas andinas que les precedieron: Chavin, Tiawanaco, Nazca, Chimú, Mochica, Kitu-Kara, etc. para quienes su constitución y validación fue la consecuencia lógica de una larga observación y caracterización de los movimientos astronómicos fundamentales del planeta: rotación, traslación y “precesión de los equinoccios” (3); aquello estaba íntimamente ligado a nivel simbólico, a las cultos rituales duales y complementarios que implicaban una reverencia paritaria al padre sol Inti y a su esposa y hermana Killa, la madre luna, así que a los ritos agrarios de fertilidad asociados al planeta tierra: Allpa Mama.

En efecto, entre los andinos las nociones cosmológicas de tiempo/espacio solar y lunar estaban tan ligados que su complejo sistema de calendario ofrecía siempre una concepción dual y complementaria presente también en su vida cotidiana: día y noche, mundo de lo alto Hanan /mundo de lo bajo Urin, tiempo seco / tiempo húmedo, así como estaba siempre presente en la vida cotidiana de los habitantes de las comunidades y centros ceremoniales, dedicados de manera alternativa a “ritos solares” y a “ritos lunares”.

La aplicación de esta concepción dual y complementaria al factor tiempo, nos lleva a comprender que la permanencia de los principios “masculino” y “femenino” en la cuenta del tiempo anual en el mundo andino, estaba también legitimada por la constitución y el seguimiento de un “calendario solar” y de un “calendario lunar”. Así, los dos calendarios tenían en cuenta dos ciclos diferentes pero recíprocos y en relación permanente de coexistencia: uno solar y masculino, con 12 períodos de 30 días y cuatro estaciones de 90 días aproximadamente y el segundo ciclo aquel femenino y nocturno que contaba con trece períodos de 28 días, es decir de 364 « días lunares » repartidos en 13 períodos de 28 días (4).

Es bien sabido que entre los Incas sus exactos conocimientos sobre la dinámica astronómica entre el sol y nuestro planeta y sus consecuencias sobre el calendario festivo y ritual, eran un mecanismo de las elites para diferenciarse en su “linaje solar” y para remarcar su autoridad teocrática. Sin embargo parecería que solo las elites utilizaban un calendario solar y que el pueblo llano se remitía más bien a un calendario lunar de connotación “femenina” y de gran utilidad para los ciclos de fertilidad agrícola, animal y también humana. Desgraciadamente, en la actualidad la principal dificultad para reconstituir aquellos complejos y simbólicos calendarios luni-solares, se debe a que los andinos no desarrollaron otra “escritura”, que aquella cifrada y registrada en sus artefactos culturales: cerámicas, tejidos, keros, kipus, monolitos, arquitectura, wankas, sukankas e intiwatanas, etc., artefactos culturales todos ellos que comportan una semiótica y una clave de lectura, todavía difícil a decodificar para nuestra empírica y no simbólica “mente occidental”.

Sin embargo, para tener una idea de la cuenta y del registro del tiempo ritual en el calendario inca, podemos remitirnos a los escritos de dos cronistas españoles Bernabé Cobo (Historia del Nuevo Mundo, 1653), de Pedro Sarmiento de Gamboa ( Historia General llamada Indica, 1572), así que a ese magnífico escrito del mestizo Felipe Guamán Puma de Ayala quien produjo una enorme obra ilustrada por él mismo: (Nueva crónica y buen gobierno (1616).

El registro del tiempo anual Inca

Sabemos bien que las diferentes estaciones son la consecuencia del movimiento de traslación elíptica anual de la tierra alrededor del sol; sin embargo, la distancia de nuestro planeta al sol no constituye el facto determinante para la alternancia de las estaciones. Puesto que la orbita es casi circular, las estaciones son determinadas por la orientación de su eje de rotación, en relación al plan de la eclíptica, esta inclinación hace posible la existencia de cuatro eventos astronómicos registrados y legitimados a nivel ritual en el calendario andino : los dos solsticios y los dos equinoccios. (5)

En efecto los andinos observaban muy atentamente los movimientos del sol en sus centros ceremoniales y marcaban algunas de sus salidas y ocasos por medio de pilares posicionados en diferentes lugares del paisaje, para referenciar las fechas sagradas de solsticios y equinoccios; estos pilares llamados sukankas estaban localizados comúnmente en la cima de las colinas y cerros considerados sagrados, constituyendo un horizonte artificial relativamente estático y confiable para la observación de los eventos de salida y puesta del sol.

Sin embargo, el objetivo de este sistema de observación, no era exactamente el conteo exacto de los días del año, sino más bien la observación y puesta en valor ceremonial de las cuatro fechas principales del sol que eran atentamente observadas y medidas en el horizonte durante las cuatro estaciones, como una necesidad esencialmente ligada a los ciclos de la naturaleza, donde el principal objetivo era establecer un tiempo para las tareas agrícolas y los procesos concomitantes de siembra y cosecha, conocimiento de gran utilidad para la supervivencia, de una cada vez más creciente población.

Bernabé Cobo (Historia del Nuevo Mundo, 1653), explica que los Incas tenían en cuenta los cuatro principales movimientos aparentes del sol durante el año, para considerar los meses de su año solar: «Ellos identificaban nuestro año solar observando los solsticios y comenzando el año por el solsticio de invierno austral que cae el 21 día de junio y se termina en él mismo punto donde el había » (COBO Bernabé, 1653 : 59).

El año solar Inca (no necesariamente el andino ecuatorial) era entonces un año que iniciaba durante el solsticio de invierno austral y se terminaba durante el solsticio de invierno siguiente. Obviamente, para constatar el inicio del año en los solsticios, ellos debían saber cuándo exactamente aquello sucedía. El medio de observación para determinar los ciclos agrícolas según Sarmiento de Gamboa (Historia General llamada Indica, 1572) se hacía a partir de Inti-wata-nas (monolitos para atraer al sol) o artefactos para calcular la orbita más lejana o camino elíptico del sol wata-ñan.

Para precisar estos datos astronómicos rituales, los sacerdotes astrónomos que vivían en las ciudades sagradas, en los centros ceremoniales, en los templos y otros santuarios religiosos importantes, eran las personas que cumplían las funciones de “guardianas del tiempo sagrado”. El jefe principal de todos esos sabios astrónomos era el Villac Umu: una suerte de sumo sacerdote en la concepción teocrática Inca, quien era el encargado de vigilar las cuatro grandes fiestas solemnes o Raymis.

Inti Raymi (21 junio solsticio de invierno austral) cuando el sol se levanta y se pone más hacia el norte
Khapaj Raymi (21-23 diciembre, solsticio de verano austral), cuando el sol aparece y se acuesta más hacia el sur, y los dos equinoccios:
Q’oya, Colla o Killa Raymi (21-22 septiembre equinoccio de primavera) y
Pawkar Raymi (20-21 marzo, equinoccio de otoño austral), cuando el sol en especial en el Ecuador, se levanta y “camina” en dirección precisa Este-Oeste o Inti Ñan.



La importancia de esta observación sistemática del pasaje del sol durante los cuatros grandes eventos astronómicos solares durante el año, nos permite constatar que los Incas utilizando como referencia las posiciones de salida y puesta del sol en un « horizonte artificial » previamente definido sobre las montañas, habían arribado a comprender la razón astronómica fundamental para la determinación precisa de estos eventos de recurrencia cíclica o caminos solares alternos y complementarios hacia el Trópico de Cáncer o hacia el de Capricornio: el conocimiento del ángulo de inclinación de la tierra, en relación al sol llamado también eclíptica y concomitantemente del fenómeno de precesión de los equinoccios que es el responsable de tales variaciones en la trayectoria del sol sobre el paisaje terrestre durante el año. (6).

Dicho de otro modo, ellos sabían que los solsticios y los equinoccios estaban determinados, tanto por los movimientos de rotación y de traslación de la tierra, así que por la inclinación de su eje de rotación en relación al sol y, a este hecho astronómico lo observaron de manera precisa en sus artefactos astronómicos en piedra o Inti Watanas, además de registrarlo en toda su simbólica y geometría sagrada, en sus tejidos, en su cerámica, sobre sus templos y centros ceremoniales y aún sobre el mismo territorio (7).

La constatación de este hecho constituye hasta ahora la celebración de estas grandes fiestas andinas o Raymis, basadas en las fechas de equinoccios y solsticios; los avanzados conocimientos de la cosmología andina precolombina, pueden igualmente verificarse y otorgarnos la explicación de su sincretismo y sobretodo, de la imposición muchas veces violenta, de las ceremonias católicas posteriores a la conquista española, que desembocarían en la construcción de verdadero calendario religioso y ritual de aparente origen judeo- cristiano, pero que no viene sino a confirmar el saber astronómico andino ancestral. (8)

« El tiempo a largo plazo” o el tiempo de los dioses, en el mito del Pacha Kutik



Pacha : totalidad, universo, creación, espacio tiempo, tierra
Kutik: cambio inversión retorno, transformación volteo
Pachakutik: « Aquello que transforma a la tierra »
Alberto Taxo
Yachak panzaleo
(En Visión cósmica de los Andes,
RODRÍGUEZ German, 1998)


En todas las culturas primordiales del mundo, encontramos la idea de “un fin de mundo” o mejor de un “fin de ciclo”, de un gran cataclismo o de un evento que marcará “el final de los tiempos”, en fin de una suerte de Apocalipsis como señala su vertiente judeo-cristiana; esos mitos llamados escatológicos por lo temerosos y perversos que pueden resultar para la humanidad, corresponden a catástrofes inscritas en la “memoria colectiva” de los pueblos, debido al recuerdo de una catástrofe climática, de un gran incendio, de una glaciación, o de algún ancestral diluvio...

Para confirmar este imaginario, en el mundo andino, la venida de los invasores españoles a Amaruka (nombre andino del continente) en el siglo XVI, coincidía con las predicciones andinas de un Pacha Kutik, es decir de un retorno o de una revolución en la constitución de la Pacha o espacio tiempo; de un evento fuerte y significativo, que advertía del fin de una Edad de Oro y del comienzo de una nuevo ciclo de caos y de destrucción, en otras palabras de un ciclo de oscuridad y penumbra opuesto y complementario, al anterior marcado por el “avance” y por lo luminoso.



En efecto al arribo de los « conquistadores » castellanos (pues a la época no existía España como nación) a inicios del siglo XVI, la situación de los pueblos originarios, autóctonos o “indígenas” de Amaruka, va a cambiar de manera brutal. La población va a pasar de 100 millones de habitantes en 1492, a una población de aproximadamente 10 millones y aquello solamente en el espacio de 150 años. En desagravio de las masacres y de los horrores de la invasión y expolio colonial europea (llamada eufemísticamente “conquista”) y aún de la extirpación de idolatrías ejercido por la mitología judeo-cristiana y sus acólitos, el mito del Pacha Kutik ha podido sobrevivir a la colonización, salvaguardado por la tradición oral y renovándose históricamente en el mundo indígena nunca definitivamente “colonizado”, -como lo sostienen los historiadores criollos-, e integrándose cada vez más a sus expresiones sociales y acciones de levantamientos, sublevaciones y resistencia, concomitantes a la noción de “cambio social” o de “cambio de época”, en el territorio pan andino contemporáneo (sur de Colombia, regiones montañosas de Ecuador, Perú, Bolivia, norte de Chile y Argentina).

Más, en revancha a los mitos milenaristas de fin de mundo propagados por “occidente” y de los períodos de guerra, de hambre, de grandes penurias y de cataclismos sociales, tan comunes en la narratología apocalíptica contemporánea, que los medios masivos de comunicación trasmiten en un planeta globalizado que se acerca al “fin de mundo en 2012”, lo que más nos sorprende es que una lectura actualizada de lo que significa un Pacha Kutik en las circunstancias actuales de “cambio climático” y de convulsión social del mundo capitalista, es que este nos puede aportar una explicación astronómica tangible del conocimiento andino del fenómeno de precesión de los equinoccios que constituye la razón no antropogénica fundamental del cambio climático actual (más allá de la explicación oficial “del efecto invernadero”) y por qué no, también del Zeigeist (espíritu del tiempo) de cambio social, económico, ecológico, cultural, en suma del cambio de paradigmas que actualmente vive la humanidad (9).

El Pacha Kutik un imaginario de equilibrio dinámico y alternativo de la vida del planeta Allpa Mama en el cosmos



Desde su cosmogonía primordial, la cultura andina clásica de Tiawanaku, valorizaba los movimientos y metamorfosis de una serpiente totémica, para hacerse una imagen simbólica del tiempo cíclico característico del mundo celeste, del tiempo a largo plazo, es decir de las eras o edades por las que había atravesado su civilización. En efecto, los sacerdotes de La Puerta del Sol, enseñaban que en las profundidades de Allpa Mama, en el inframundo o Ucku Pacha, una fuerza subterránea representada por Amaru una suerte de serpiente telúrica que vivía en el inframundo, emergía en camino hacia el mundo celeste Alax Pacha, para relacionarse con la serpiente luminosa del mundo de arriba o Vía Láctea. Asimismo, el tiempo de Pacha Kutik se identificaba con la imagen de la serpiente y cuando los ríos desbordaban, o cuando sucedía una erupción o un terremoto, los tiawanacotas decían que en ese momento, la tierra se abría para que la serpiente saliera de las entrañas de la tierra haciendo que los muertos invadiesen el tiempo presente (BOUYSSE, Thérèse, 2006).

De otra parte, las erupciones, inundaciones, terremotos en tanto que signos de la llegada de un Pacha Kutik, eran percibidos por los andinos como aquellas épocas en donde el orden del tiempo/espacio se invertía: así, todo lo que contenía las entrañas de la tierra ascendía a la superficie y a la inversa. De igual modo, el conjunto de la cordillera volcánica transandina, haciendo parte del Cinturón de Fuego del Pacifico, era considerada la serpiente simbólica o la serpiente del inframundo ígneo; así, los Antis o Andes constituían un eje de energía telúrica sobre el cual, en ciertos puntos y en ciertos ceques o rutas procesionales convenidas por los sacerdotes y legitimadas por los ritos sagrados, los andinos efectuaban ciertas ceremonias de invocación y protección a los Apus, montañas tutelares y espíritus paternos y maternos de las comunidades.

De manera alegórica y totémico-simbólica, los ciclos de evolución humana y cultural: el tiempo largo o astrológico de los pueblos precolombinos andinos, se representaba figurativamente con los movimientos de la serpiente en tanto alegoría del dinamismo cíclico característico del cosmos, los movimientos solares, lunares y de la naturaleza en general, lo que afectaba también a las sociedades y por lo tanto, ella podía mostrar en el imaginario panteísta andino, cómo un pueblo o civilización se elevaba un día, como el sol naciente en el paisaje y luego se hundía agonizante en la profundidad de la noche...

En el marco de este imaginario cambiante, la energía cósmica y serpenteante de un Pacha Kutik, viene a “cambiar el mundo” para efectuar una transformación renovadora del planeta puesto que el mundo de los runas o seres humanos debe acordarse con las leyes celestes que rigen el cosmos o “el mundo de los dioses”. Un Pacha Kutik deviene así, el imaginario cíclico y vital de un « caos transformador » que marca el inicio de una nueva época, una edad sea de reposo o de actividad para el planeta cada 500 años y, no solamente para el mundo andino sino para todo el planeta, pero con características opuestas y complementarias para el mundo del norte y del sur, para aquel del este y del oeste, en las cuatro direcciones sagradas: Chincha, Colla, Anti y Conti Suyus.

Sin lugar a dudas, en el marco cíclico y evolutivo de los Pacha Kutiks, cada “caída” no constituye un retroceso, sino un momento de inflexión, -ínfimo en la inmensidad del tiempo cósmico-, mas un tiempo de recapitulación indispensable para los runas, en la asimilación de ciertos logros y equilibrios necesarios para entrar en armonía con el cosmos y, puesto que este hecho es representado por la muda y transmutación de la serpiente Amaru, su movimiento permitirá atravesar una puerta de luz después de una edad de oscuridad en el mundo subterráneo o Ucku Pacha, hasta una era diferente, situada en el mundo celeste o Hanan Pacha.

Será entonces, a partir del Inca llamado Pachakutik Yupanqui (10) que la vida histórica de las sociedades andinas comenzará a interpretarse en ciclos cósmicos llamados Intis o Soles, de aproximadamente 1000 años de duración y en ciclos de quinientos años llamados Pacha Kutiks, que representará así un medio milenio o alegóricamente “una media gran jornada”, en la dinámica cíclica de su civilización. Cada uno de estos ciclos se identificará igualmente como un día y como una noche (es decir un período de oscuridad y un período de luz) acordando un equilibrio alterno para el mundo del norte (Norte/Cielo) y el mundo bajo (Sur/Tierra)



Paralelamente a los Pacha Kutiks, las dinastías Incas representarán cada ciclo evolutivo de 1000 años, con la presencia de un animal totémico y de una constelación en particular (puma, cóndor, serpiente, llama, zorro, sapo, perdiz, etc.). Así, cada gobernante, acompañado de su animal totémico podría devenir el símbolo del desarrollo trascendente de una sociedad determinada, de un Pacha Kutik, determinado. (MILLA VILLENA Carlos, Génesis de la cultura andina, Nueva edición 2003).

Pero desde esta visión cosmogónica andina, este cambio brutal de la vida social y natural de la Pacha Mama, refleja claramente, su gran conocimiento del fenómeno de precesión de los equinoccios, es decir del cambio del ángulo de inclinación terrestre, que provoca alternadamente, cambios ambientales y a menudo opuestos en el hemisferio norte y sur del planeta, cosa que hoy podemos cotejar con el fenómeno del “cambio climático global” que en esencia no constituye un fenómeno de origen antrópico sino de carácter cíclico cósmico.

De esta conciencia, si los andinos habían calculado exactamente las fechas de solsticios y equinoccios, ellos también sabían que el movimiento pendular de larga duración de la Tierra, resultado del fenómeno de precesión, conduce a pequeños cambios en la inclinación del eje de la Tierra que se desplaza un grado cada 72 años, generando cambios ambientales extremos en el planeta, por ello un Pacha Kutik, que representaría un período de 7 por 72 años (504 años) comporta variaciones climáticas y sociales notables en diferentes lugares del planeta « Pacha Mama » en épocas diferentes incluyendo muchas veces la caída de una determinada “civilización” (LAJO Javier, Kápak Ñan, 2007) (11)




En esta alegoría de cambio simbólico y tangible de la vida social y cultural de los pueblos andinos y de la naturaleza terrestre, cuando la época de arribo de los invasores llegados desde el hemisferio norte del planeta en 1492, según la cronología de los amautas incas, se terminaba el 8 Pacha Kutik y comenzaba el noveno, un ciclo signado por la catástrofe y hundimiento momentáneo para los pueblos del sur, en especial para los andinos. Mas, en la actualidad y a partir de 1992, desde el imaginario andino del tiempo cíclico y de la justicia y equilibrio a largo plazo para todos los pueblos del planeta, hemos ya arribado al 10 Pacha Kutik, en otras palabras a una nueva era de esperanza y de renovación total para los verdaderos runas o hijos de la madre tierra para vivir en armonía y equilibrio con el cosmos, lo que en realidad constituiría en un sentido amplio el SUMAK KAWSAY (OVIEDO Atawallpa, Los hijos de la tierra, 2005).


* Este texto constituye parte y traducción de su tesis doctoral Antropologie de l´espace andin et imaginaire urbain, Universidad Católica de Lovaina Bélgica, 2007


Notas

(1). En efecto nuestro planeta efectúa una vuelta alrededor del sol, durante 365 días, cinco horas, cuarenta minutos y cuarenta cinco segundos, completando el ciclo que llamamos “un año”, tiempo anual que ha sido legitimado por el calendario religioso gregoriano, utilizado e impuesto en occidente, adaptado del primitivo calendario romano.

(2). A fin de facilitar el conteo exacto de los días, Julio César fija la duración del año en 365 días. Para compensar el retardo anual de un cuarto de día, el crea los años bisextiles o años de tres cientos sesenta seis días, regresando cada cuatro años. Estos cálculos no eran exactos, es por esto que los rectificamos cada cuatrocientos años (Maillard R., et Millet A. Cosmographie, Hachette, 1953).

(3) El eje de rotación de la tierra no mantiene una dirección fija, el torno en el espacio guardando un ángulo constante y podríamos llamar armónico: el llamado “eje de la eclíptica” equivalente a 22° 30’. Este movimiento es llamado “precesión de los equinoccios » y es análogo al movimiento del eje de un trompo que, cuando no está vertical, torna lentamente alrededor de la dirección vertical. El periodo de este movimiento de alrededor 25.920 años. En nuestros días, el eje de rotación está inclinado 23° 27’ en dirección de la estrella polar, es decir casi un grado de excentricidad.

(4) Pedro Sarmiento de Gamboa (1532 - 1602), escribe en su Historia llamada Indica, que el año Inca tenía por nombre wata y agrega que ella estaba dividida en doce lunas o doce Killas. El término wata era el mismo en el mundo andino para designar al año solar que el lunar en tanto que órbita elíptica.

(5). La orbita del planeta se encuentra en un plan y este plan se llama eclíptica, cortando oblicuamente el plan del ecuador terrestre; entonces, los solsticios y los equinoccios están determinados por la orientación del eje de rotación del planeta en relación al plan de la eclíptica y por la posición de la tierra en relación al sol. La distancia del planeta en relación al sol, no es el único factor determinante por la alternancia de las estaciones. Puesto que la orbita del planeta es casi circular, las estaciones son determinadas por la orientación de su eje de rotación, en relación al eje de la eclíptica.

(6) El eje de rotación de la tierra no es perpendicular al plan de la eclíptica, entonces la eclíptica corta oblicuamente el plan del Ecuador, oblicuidad que hace posible la existencia de dos solsticios y de dos equinoccios, eventos bien conocidos, registrados y venerados por todas las culturas primordiales, especialmente por las andinas.

(7) La dirección perpendicular a la eclíptica es llamada Eje de la eclíptica y el eje de la tierra hace un ángulo con el eje de la eclíptica. La eclíptica y el ecuador celeste son también cortados por el mismo ángulo, esos dos planos se cortan siguiendo una recta donde las dos direcciones opuestas son llamadas equinoccios. La palabra equinoccio designa también el momento en el que el sol se encuentra en esas dirección y que es por lo tanto sobre el ecuador celeste (Maillard R, et Millet A. Cosmographie, 1953) 14.

(8) En el tiempo y probablemente con el acuerdo de las autoridades eclesiásticas españolas, los antiguos cultos solares andinos fueron superpuestos por los católicos, pero obviamente con algunas heterodoxias con las mitologías andinas de origen, las cuales podemos observar hasta nuestros días

Así, el Corpus Christi católico sustituyó a la gran fiesta del sol durante el solsticio de junio o « Inti Raymi ».
- La fiesta de « Kápak Raymi », aquella del arribo de la nueva luz solar del solsticio de diciembre fue confundida con la fiesta de Navidad.
- La fiesta de Pascuas fue superpuesta a los rituales del equinoccio de marzo o de las Pascuas Floridas « Pawkar Raymi », en fin
- Las fiestas de La Virgen María fueron superpuestas sobre los antiguos cultos de fecundidad a la tierra en el equinoccio de septiembre o « Colla Raymi ».

(9) Por ejemplo algunos cambios del eje de la eclíptica parecen corresponder a los enfriamientos y a los avances glaciares (pequeña edad glaciar de siglo XVII al XIX) en tanto que otras corresponderían por ejemplo a los “óptimos climáticos” de la Edad Media en Europa; por lo tanto, un cambio en la inclinación del eje de la tierra, puede devenir una explicación suficiente para la alternancia glaciar/interglaciar en el planeta (Fremy D. M. Encyclopédie Quid, 2001)

(10) Parece que el Inca Pacha Kutik Inka Yupanki, fue aquel quien instauró el año incásico que sea dividido en doce meses (podemos deducir que esta convención para el conteo del tiempo a largo plazo caracterizado por los Intis o por los Pacha Kutiks, data de fin del siglo XIII.

(11) Si el eje de rotación fuese perpendicular al eje de la eclíptica, el sol estaría siempre en el cenit debajo del Ecuador y su radiación sería constante a lo largo de todo el año con una orbita circular. Sin esta inclinación, toda diferencia de clima estaría ligada a la “latitud” particular de un lugar y toda la vida en el planeta existiría en una banda rígida templada. Por el contrario, si la inclinación fuese más pronunciada. Las variaciones de las estaciones serían vastas, haciendo a la tierra hostil a toda forma de vida. (Berger, Le climat de la terre, 1992)




BIBLIOGRAFÍA


LEROI-GOURHAN, La mémoire et le rythme, 1967
ELIADE Mircea : Le Sacré et le Profane, Gallimard 1965.
COBO, B. Historia del Nuevo Mundo, 1653. Biblioteca de autores españoles, Madrid 1956
SARMIENTO DE GAMBOA, P, 1988: Historia llamada Indica, Ediciones Polifemo/Miraguano a partir de la versión de Madrid 1572.
GUAMÁN POMA DE AYALA, Nueva crónica y buen gobierno (1615/1616)
RODRIGUEZ Germán, Visión Cósmica de los Andes,
MILLA VILLENA, Carlos, Génesis de la Cultura Andina, Edición 2003
LAJO Javier, Kápak Ñan, 2007
OVIEDO Atawallpa Atawallpa, Les fils de la Terre, 2007
MAILLARD R, et Millet A. Cosmographie, 1953.
FREMY D. M. Encyclopédie Quid, 2001
BERGER, Le climat de la terre, 1992.

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